23 de noviembre de 2009

Escribo bien porque soy reportero

Al ingresar a la materia que impartía Josefina Estrada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, los estudiantes pensábamos que habríamos de escribir durante todo el semestre ficciones, cuentos, crónicas, poemas. En efecto, ella nos permitió trabajar con temas tan cotidianos que a muchos de los compañeros o les brotaba la vena literaria o acababan por rendirse.

Fueron pocos aquellos que entregaron trabajos de calidad; el grupo no carecía de talento pero sí de gramática, sintaxis, puntuación, ortografía y estilo. Josefina, cansada de que los futuros periodistas adolecieran de mala redacción, exigió a cada uno que revisara muy bien el trabajo antes de la entrega. A ella le enfurecía la ignorancia de los alumnos del séptimo semestre con respecto a la obra de Ricardo Garibay y de Vicente Leñero, y que además no escribiéramos una línea coherente.

Puedo decir, con toda modestia, que tuve buenas calificaciones en cuanto al contenido temático; sin embargo, Josefina siempre señaló mis errores de sintaxis, puntuación y ortografía.

Por fortuna, algunos de mis amigos y yo fuimos invitados a participar en un taller de crónica impartido por Estrada. Las sesiones, además de enriquecedoras, nos llevaron a borrar ese malsano orgullo que nos decía “yo escribo bien porque ya he trabajado como reportero”. Al contrario, teníamos muchos vicios como la falta de conexión entre una idea y otra, la necedad de encabalgar las oraciones, nos empecinábamos en no buscar los verbos adecuados. En fin, Josefina nos instó a tomar un curso de redacción con Yliana Cohen, pues ya teníamos algo de talento pero nos hacía falta reforzar las bases.

Con Yliana aprendimos que las reglas del idioma español son complejas y un poco enredadas para memorizar, aunque en la práctica son fáciles de comprender. Lo excitante vino cuando las palabras comenzaron a tomar orden dentro de cada oración y los textos que entregábamos tenían mayor claridad. Conforme avanzábamos en las sesiones, surgían dudas que habríamos de aplicar en el trabajo diario (algunos de nosotros ya colaborábamos en medios impresos). Cada enseñanza sustituía a las incorrectas lecciones que se nos habían inculcado en la primaria y que, de forma errónea, algunos profesores universitarios que impartían la materia de Géneros Periodísticos y también de Redacción, daban por sentadas.

Quizá ejercitar la correcta redacción no me llevó a ser editor o corrector de la revista donde colaboro, pero sí me ayudó a mejorar mis textos y a tener bases para defender mi trabajo de “correctores de estilo” que sólo tienen ese puesto porque saben acentuar las palabras o son amigos del director. Para mí, eso es una satisfacción. No sé si Garibay se molestaba con los periodistas por esa falta de cuidado en el uso del idioma; si era así, hoy tendría mayores razones para enfurecerse con los que aspiramos a ser escritores… La mayoría de los estudiantes de periodismo tienen un profundo desinterés hacia el pleno dominio del idioma español.

No me atrevo a opinar acerca de quienes ya forman parte del gremio y que aparecen en los ejemplos que Sandro Cohen publica en el blog del libro Redacción sin dolor. Sólo puedo concluir que las palabras, esas que Cortázar llamó perras negras, si no se las quiere, doma y alimenta, acaban por morder.

Mariano Mangas, reportero de notas para el corazón y señoras de las Lomas.

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