Magnolia González Rodríguez, Psychologue, etudiante de master 2 en psychanalyse à l-université de Paris 8 Saint-Denis.
4 de enero de 2010
Perras negras (Final)
Magnolia González Rodríguez, Psychologue, etudiante de master 2 en psychanalyse à l-université de Paris 8 Saint-Denis.
15 de diciembre de 2009
Cerisol; mariposa negra que vuela en mi mente
Las perras negras (Pt 2)
Magnolia González Rodríguez, Psychologue, etudiante de master 2 en psychanalyse à l-université de Paris 8 Saint-Denis.
12 de diciembre de 2009
Perras negras y transparentes de cualquier raza
Pavel García Gatica
pavelggg@hotmail.com
8 de diciembre de 2009
Las perras negras (Pt 1)
En aquella primera infancia, borrosa a mi memoria, dejar marcas era únicamente eso: fijar en papel manchas amorfas, líneas que perdían de inmediato su continuidad apenas trazada. Pero ese mundo disimétrico, contenido en un rectángulo blanco, procedía de mi mano.
Tiempo después, cuando ya tenía una edad suficiente para ser juzgada según los parámetros de “normalidad social”, mi afición por aquellas marcas devino en pasión por las letras. Y cuando digo por las letras no digo por las palabras, ni por la escritura. Eran las letras quienes se me ofrecían con todas sus posibilidades combinatorias.
Una implosión tuvo lugar en mí.
Y+O= Yo
Esa simple operación me permitía ubicarme en un más allá de la palabra. Porque ese YO, que era YO, existía también en la hoja blanca, a pesar de mi ausencia física.
YO era mi m+a+n+o que a su vez era la t+i+n+t+a.
De mi pasión por las letras a mi pasión por la escritura sólo fue cuestión de un corto recorrido en el tiempo. De mi pasión por las letras a mi pasión por la escritura...
Las hojas blancas, suaves y lisas comenzaron a devenir una provocación para mí. Me retaban abiertamente a imprimir sobre ellas las ideas que se desbordaban en mi mente. Así que escribí sobre todo aquello que tuviera forma rectangular, formato generalmente A4. El formato más tarde tomaría una importancia especial en mi historia.
Es así como el cosmos de las hojas de papel bond en casa fué poco a poco conquistado por mi mano-tinta. Mi madre se sentía con ello un poquito desconcertada; entonces, sin atreverse a castigarme (no había manera de argumentar lógicamente el porqué del castigo) se limitó a proponerme la realización de otras actividades.
En aquella época estuve completamente de acuerdo con ella, sobretodo porque aquello ocurrido con las hojas de papel bond había sido ya una batalla ganada. Sin embargo, un vacío se apoderó de mí después de aquel triunfo. La sensación de que otro nuevo cosmos podía ser conquistado no desaparecía de mi mente. (CONTINUARÁ).
Magnolia González Rodríguez, Psychologue, etudiante de master 2 en psychanalyse à l-université de Paris 8 Saint-Denis.
Los Roms llegaron a mi barrio (Pt 3)
Sin embargo, hay que tomar en cuenta la escisión cultural, a ellos no les interesa, no dejaron a nadie en ninguna parte, están juntos, y no necesitan multiplicar divisas, sino conseguir lo que sea suficiente para pagar las cosas al precio del lugar donde están. A algunos pueblos les parecen holgazanes, pero es, simplemente, una forma de vida que se han forjado, fuera de todos los sistemas sociales que han vivido. En Persia se les conocía por ser un pueblo que se negaba a vivir de la agricultura. Es normal, porque para cultivar hay que quedarse. El nomadismo renació en ellos, cuando los pueblos del mundo eran ya sedentarios.
Es cierto que la cantidad de mujeres y niños que piden limosna se ha multiplicado por diez en las calles del barrio (haciendo la competencia a los mendigos habituales que han sido desplazados en pocos meses); es también cierto que algunas carteras habrán abandonado ciertos bolsillos; pero en algún lugar deben estar. Ahora encontraron este recoveco, entre paredes de edificios llenos de migrantes.
El municipio no los puede correr porque el invierno se acerca. Eso marca la ley, si ya están aquí, tienen derecho de quedarse hasta que el frío cese. De otra manera, el gobierno sería responsable de un acto inhumano para con grupo en “dificultad” – eufemismo político que les sirve para poder instalarse unos meses y aprender a jugar rápidamente el juego, para poder comer.
En una ciudad tan ajetreada, tan reducida, tan apretada, tan veloz, como cualquier metrópoli, no se sabe cómo, pero siempre pueden entrar más. Las piezas se acomodan de otra manera, pero la rueda social sigue girando, y termina por amortigua su llegada. La prueba es que no mueren de hambre y que no se van.
Me he acostumbrado, en pocos meses, al rostro de algunas mujeres gitanas, por el detalle de un diente metálico, o por un rasgo: pupilas casi amarillas que recogían una almohada del suelo, y me voltearon a ver; un Rom borracho que quería charlar, pero que sólo sabía hablar su lengua y que parecía estar convencido de que yo le comprendía.
Las instituciones locales actuaran de acuerdo a la ley; el dueño del terreno invadido recuperará su pedazo de tierra, quizás sólo un poco pisoteada y llena de desechos (que fueron casas). La gente del barrio se sentirá menos amenazada (mi casero, por ejemplo, aseguraba que sólo esperaba el momento en que le robasen materiales que usa en para su empresa de construcción, y que están a la vista por el portal de entrada). Las piezas se reacomodarán y, por algunos meses, los Roms seguirán siendo una historia de barrio para llenar pláticas: “¿Ya te diste cuenta que los Roms ya se fueron? Sí, qué bueno. ¿Qué tal tu día?...” Y un tiempo después, ya nadie se acordará de ellos. A menos que regresen.
Pavel García Gatica, estudiante de Letras Francesas y residente parisino.
1 de diciembre de 2009
Los Roms llegaron a mi barrio (Pt 2)
Se han diseminado por toda Europa sin que se pueda decir con exactitud cu
ando se conformaron como grupo social. Es a través de investigaciones antropológicas e históricas, que se sabe que alrededor del siglo X, fueron exiliados de la ciudad de Sind (actual Pakistán) por algún califa – ya que durante ese tiempo, el imperio hindú estaba bajo dominación árabe. Su primera salida, al borde del rio Indus, partieron hacia Persia, donde eran conocidos por sus dotes musicales y esperaban poder quedarse por ese oficio y arte.
El viaje comenzó entonces, quizás en de busca de una tierra, intangible y que se les volvió inalcanzable, que los ha llevado a desarrollar formas de convivencia y de integración a las diferentes sociedades que han conocido durante once siglos. Su existencia se relaciona con el cambio de lugar.
No se puede decir que al emprender el primer viaje buscasen algo preciso. Sin embargo, la mayoría de los pueblos buscan su espacio, luchan por él, van a la guerra por su suelo. Los Roms podrían ser el resultado de una lucha a la que no pudieron, o no quisieron asistir y prefirieron el camino.
Después de ese primer viaje, la vía de la migración perpetua se volvió la única forma de ser (por convicción o imposición del medio, el resultado es el mismo): no se quedaron en Persia, algunos se fueron hacia el sureste y Egipto, otros más hacia el Noroeste y Europa.
Existen diferencias como en cualquier grupo social que es, sólo en parte, homogéneo, ya que al interior siempre existirán subgrupos hasta llegar a la familia y el individuo. Y por los lugares en los que han estado, donde han nacido, aunque luego se vayan, se les otorgan nacionalidades parciales, que tienen que ver con las diferencias culturales que desarrollan, como lo son los dialectos del Romi.
Los hay, por ejemplo, de España, llamados gitanos (nombre que proviene de “egiptano” ya que se creía que provenían de este imperio), Romanichel de Francia, Manuschen para los germanos, Gypsies para los británicos – los tres últimos términos, provenientes de la época de las Cruzadas.
A España no llegaron sino hasta el siglo XV. Un siglo después, la Corte de Castilla lanzó un mandato “para separar a los gitanos de las gitanas, a fin de lograr la extinción de la raza”. En otros lugares de Europa, durante el mismo siglo, se practicaba su esterilización. Hasta el año 1943 figuraba en el Código de la Guardia Civil española, que debía vigilarse con especial atención a los gitanos.
Situaciones de ese tipo forman parte de la historia de este pueblo en todos los lugares en donde han estado.
Con la entrada de Rumania a la Comunidad Económica Europea, el documento nacional de identidad de dicho país, se ha cargado de un sinfín de visas para toda Europa. El dique se ha abierto y un mayor flujo de Roms se ha extendido de forma legal. (Continuará).
Pavel García Gatica, estudiante de Letras Francesas y residente parisino.
24 de noviembre de 2009
Los Roms llegaron a mi barrio (Pt 1)
Al suburbio de migrantes en que vivo, llamado La Courneuve, que es colindante con el municipio de Paris —algo parecido al Estado de México con el DF—, llegó un grupo de Roms a instalarse.
Viven en un terreno cuya entrada es un estacionamiento. No vienen en caravanas, como los gitanos franceses; viajan como pueden, atravesando países que los expulsan en poco tiempo. Los que acaban de instalarse en el terreno, comenzaron a hacer lo que siempre han hecho en la historia: pedir limosna, recuperar lo que sobra al final del mercado, pedazos de madera, láminas, puertas y todo lo que pueda servir para comenzar a forjarse un techo, sin ningún otro servicio.
Un señor vasco que vende antigüedades a cuatro casas de aquel asentamiento, me dijo que él calculaba trescientas personas en un espacio de trescientos metros cuadrados. Tuvieron suerte, es un terreno grande, cerca de una estación metro, donde siempre se puede sacar algo a los pasantes: una moneda, un cigarrillo, incluso levantado del suelo. Beben, no sé cómo juntan el dinero para comprar alcohol, pero beben. Las mujeres, cigarrillo en la boca, educan a sus hijos en medio de la calle. Tienen mucho contacto entre ellos, se detienen para charlar cuando se encuentran, se abrazan, gritan, son enérgicos y se cuidan las espaldas.
El mundo es un espacio difícil, cuando se recorre sin cesar. No se pueden aprender todas las lenguas cuando se pasan sólo algunos meses, con suerte, años, en un país.
No hay que confundirlos con los habitantes de Rumania, aunque algunos vienen de ahí y hablan el rumano además de su lengua cultural: el romani (no confundir con el rumano). Una parte de ellos son originarios de Europa Oriental, muchos de Rumania, pero al interior de este país, son una comunidad aparte. Algunos rumanos que he conocido, me han dicho que los Roms son vistos como ladrones y holgazanes. Lo que es innegable es que es un pueblo que posee, en contraparte, muchos talentos también: son grandes músicos, cantan, bailan, saben adaptarse a una red social dura, que no tolera formas de vida que le parecen arcaicas, y que pocos aún pueden comprender. Los Roms se agarran con las uñas a las sociedades, sin meterse demasiado, y logran vivir.
Quizás lo más molesto para la mentalidad europea —que se puede comparar a la concepción de los indígenas que mendigan en ciudades latinoamericanas— es que les recuerda una parte del mundo que muchos no quisieran ver, que creen que sólo existe en la televisión, que es casi ficticio. La pobreza está en otra parte en el imaginario de quien ha nacido en Europa. Los Roms, perturban, hacen ruido en una sociedad que tiende a ordenarse más.
Los Roms les recuerdan que no es así, que la pobreza existe, pero que también existe una forma de relación social que el europeo añora, de manera también televisiva, ya que hace mucho que comenzó el individualismo europeo, añora una forma de felicidad que no formaba parte de él: el exceso, las playas que antes no imaginaba, ni deseaba, la agitación de ciudades de tierra caliente, llenos de contacto, que parecen más felices. Ese pequeño folklor, esa vitalidad, viene con la pobreza y el tiempo de viaje. No son el lado malo y el lado bueno de un grupo social, es un conjunto que se debe pensar indisoluble y aprender a coexistir con él. De cualquier manera, la historia prueba que acabarán siendo echados. (Continuará)
Pavel García Gatica, estudiante de Letras Francesas y residente parisino.
23 de noviembre de 2009
Escribo bien porque soy reportero
pensábamos que habríamos de escribir durante todo el semestre ficciones, cuentos, crónicas, poemas. En efecto, ella nos permitió trabajar con temas tan cotidianos que a muchos de los compañeros o les brotaba la vena literaria o acababan por rendirse.Fueron pocos aquellos que entregaron trabajos de calidad; el grupo no carecía de talento pero sí de gramática, sintaxis, puntuación, ortografía y estilo. Josefina, cansada de que los futuros periodistas adolecieran de mala redacción, exigió a cada uno que revisara muy bien el trabajo antes de la entrega. A ella le enfurecía la ignorancia de los alumnos del séptimo semestre con respecto a la obra de Ricardo Garibay y de Vicente Leñero, y que además no escribiéramos una línea coherente.
Puedo decir, con toda modestia, que tuve buenas calificaciones en cuanto al contenido temático; sin embargo, Josefina siempre señaló mis errores de sintaxis, puntuación y ortografía.
Por fortuna, algunos de mis amigos y yo fuimos invitados a participar en un taller de crónica impartido por Estrada. Las sesiones, además de enriquecedoras, nos llevaron a borrar ese malsano orgullo que nos decía “yo escribo bien porque ya he trabajado como reportero”. Al contrario, teníamos muchos vicios como la falta de conexión entre una idea y otra, la necedad de encabalgar las oraciones, nos empecinábamos en no buscar los verbos adecuados. En fin, Josefina nos instó a tomar un curso de redacción con Yliana Cohen, pues ya teníamos algo de talento pero nos hacía falta reforzar las bases.
Con Yliana aprendimos que las reglas del idioma español son complejas y un poco enredadas para memorizar, aunque en la práctica son fáciles de comprender. Lo excitante vino cuando las palabras comenzaron a tomar orden dentro de cada oración y los textos que entregábamos tenían mayor claridad. Conforme avanzábamos en las sesiones, surgían dudas que habríamos de aplicar en el trabajo diario (algunos de nosotros ya colaborábamos en medios impresos). Cada enseñanza sustituía a las incorrectas lecciones que se nos habían inculcado en la primaria y que, de forma errónea, algunos profesores universitarios que impartían la materia de Géneros Periodísticos y también de Redacción, daban por sentadas.
Quizá ejercitar la correcta redacción no me llevó a ser editor o corrector de la revista donde colaboro, pero sí me ayudó a mejorar mis textos y a tener bases para defender mi trabajo de “correctores de estilo” que sólo tienen ese puesto porque saben acentuar las palabras o son amigos del director.
Para mí, eso es una satisfacción. No sé si Garibay se molestaba con los periodistas por esa falta de cuidado en el uso del idioma; si era así, hoy tendría mayores razones para enfurecerse con los que aspiramos a ser escritores… La mayoría de los estudiantes de periodismo tienen un profundo desinterés hacia el pleno dominio del idioma español.No me atrevo a opinar acerca de quienes ya forman parte del gremio y que aparecen en los ejemplos que Sandro Cohen publica en el blog del libro Redacción sin dolor. Sólo puedo concluir que las palabras, esas que Cortázar llamó perras negras, si no se las quiere, doma y alimenta, acaban por morder.
Mariano Mangas, reportero de notas para el corazón y señoras de las Lomas.
