Y es justo en ese momento, a mis escasos nueve años, pise por vez primera (y no por última) la tierra de la “anormalidad”, de lo bizarro, que se califica según el sentido común como perteneciente al ámbito de la locura. Cuando un niño toca dicho ámbito, aún el mundo de la “normalidad”, guarda la esperanza del retorno a la cordura y por ello se juzga de manera menos punitiva; pensando que aquello pasará a ser parte de las anécdotas simpáticas que alegran una tarde de reunión familiar.
Y es justo en ese momento, como les decía más arriba, (suelo desviarme del tema, a causa de la pasión que experimento por la escritura, que a pesar de ir más lentamente que el pensamiento, es sólo ella en la que se puede dejar huella del mismo, dejar huella...) en donde decidí conquistar el cosmos de los muros blancos: piel porosa que absorbe complaciente a las perras negras que me poseen para atrapar lo real del pensamiento.
Primer ultrajo: los muros blancos de la casa de mama. Y aquí es, en donde todo el escrito anterior, se explica. Yo había escuchado ya aquella lengua que no me pertenecía, ni a ellos tampoco. Ambos, mis padres, la habían adoptado en una época, que no importa ahora. Pero importa que diga que no importa, porque al final esa lengua eran sonidos que escapaban a mi comprensión. Yo los atrapaba, los repetía, los regurgitaba, los clasificaba, los repudiaba, etcétera. Siempre tuve la impresión de que se servían de esa otra lengua, justo para no comunicarme nada. Pero yo intentaba comprender el sentido de aquellos sonidos. Invención. ¡Vaya! La imaginación que yo tenía en el aquel momento para darle sentido a los sonidos según el contexto en el que eran pronunciados.
Así aquellas palabras eran para mí una especie de candado de seguridad que protegía valiosos secretos a descifrar. Entre una frase y otra, mi madre solía meter el candado. Por ejemplo: estaremos forzados a démenager el mes próximo. DEMENAGER. Palabra-candado de la cual su significado, me seria develado un mes más tarde con estragos en mi vida.
Pero voilà la sorpresa de la escritura que se me revelaba. La clès para descifrar. Así es que lo que oía lo escribía creyendo que con la prueba fehaciente de las letras encontrarla así el sentido. (CONTINUARÁ)
Magnolia González Rodríguez, Psychologue, etudiante de master 2 en psychanalyse à l-université de Paris 8 Saint-Denis.
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