8 de diciembre de 2009

Los Roms llegaron a mi barrio (Pt 3)

Algunos rumanos, que no son Roms, que he conocido por las calles de París, demuestran que se puede venir a trabajar a esta parte de Europa, de la misma manera en que un migrante mexicano va a Estados Unidos, para ganar dólares que se multiplican con el nivel de vida del otro lado. Sólo que en este caso, es de forma legal. Esto quiere decir que los Roms, aquellos que vienen de Rumania, podrían, con su documento de identidad, conseguir un trabajo.

Sin embargo, hay que tomar en cuenta la escisión cultural, a ellos no les interesa, no dejaron a nadie en ninguna parte, están juntos, y no necesitan multiplicar divisas, sino conseguir lo que sea suficiente para pagar las cosas al precio del lugar donde están. A algunos pueblos les parecen holgazanes, pero es, simplemente, una forma de vida que se han forjado, fuera de todos los sistemas sociales que han vivido. En Persia se les conocía por ser un pueblo que se negaba a vivir de la agricultura. Es normal, porque para cultivar hay que quedarse. El nomadismo renació en ellos, cuando los pueblos del mundo eran ya sedentarios.

Es cierto que la cantidad de mujeres y niños que piden limosna se ha multiplicado por diez en las calles del barrio (haciendo la competencia a los mendigos habituales que han sido desplazados en pocos meses); es también cierto que algunas carteras habrán abandonado ciertos bolsillos; pero en algún lugar deben estar. Ahora encontraron este recoveco, entre paredes de edificios llenos de migrantes.

El municipio no los puede correr porque el invierno se acerca. Eso marca la ley, si ya están aquí, tienen derecho de quedarse hasta que el frío cese. De otra manera, el gobierno sería responsable de un acto inhumano para con grupo en “dificultad” – eufemismo político que les sirve para poder instalarse unos meses y aprender a jugar rápidamente el juego, para poder comer.

En una ciudad tan ajetreada, tan reducida, tan apretada, tan veloz, como cualquier metrópoli, no se sabe cómo, pero siempre pueden entrar más. Las piezas se acomodan de otra manera, pero la rueda social sigue girando, y termina por amortigua su llegada. La prueba es que no mueren de hambre y que no se van.

Me he acostumbrado, en pocos meses, al rostro de algunas mujeres gitanas, por el detalle de un diente metálico, o por un rasgo: pupilas casi amarillas que recogían una almohada del suelo, y me voltearon a ver; un Rom borracho que quería charlar, pero que sólo sabía hablar su lengua y que parecía estar convencido de que yo le comprendía.

Las instituciones locales actuaran de acuerdo a la ley; el dueño del terreno invadido recuperará su pedazo de tierra, quizás sólo un poco pisoteada y llena de desechos (que fueron casas). La gente del barrio se sentirá menos amenazada (mi casero, por ejemplo, aseguraba que sólo esperaba el momento en que le robasen materiales que usa en para su empresa de construcción, y que están a la vista por el portal de entrada). Las piezas se reacomodarán y, por algunos meses, los Roms seguirán siendo una historia de barrio para llenar pláticas: “¿Ya te diste cuenta que los Roms ya se fueron? Sí, qué bueno. ¿Qué tal tu día?...” Y un tiempo después, ya nadie se acordará de ellos. A menos que regresen.


Pavel García Gatica, estudiante de Letras Francesas y residente parisino.

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